- Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), el visionado de vídeo en streaming genera emisiones de CO₂ asociadas al consumo eléctrico de toda la cadena digital, con una estimación media de alrededor de 36 gramos de CO₂ por hora de reproducción de vídeo a nivel global, pudiendo variar en función del dispositivo, la resolución y la eficiencia de la red.
- “No se trata de demonizar la innovación, sino de entender que cada giga consumido, cada dispositivo que renovamos y cada servicio digital que utilizamos tiene un coste ambiental. Si queremos una transición digital sostenible, debemos integrar estos impactos en la conversación”, afirma Mercè Botella, fundadora de la cooperativa de telecomunicaciones ética Somos Conexión.
En un momento en el que el debate público pone el foco en el impacto ambiental de la inteligencia artificial (IA), desde la cooperativa de telecomunicaciones ética Somos Conexión se alerta de la necesidad de ampliar la mirada y abordar el conjunto de impactos asociados al consumo digital y de telecomunicaciones. La creciente digitalización no solo implica avances tecnológicos, sino también un coste ambiental significativo que a menudo pasa desapercibido.
“El impacto de la IA es real, pero no es el único ni necesariamente el principal problema. El consumo cotidiano de datos, la renovación constante de dispositivos y la gestión de residuos electrónicos tienen un peso ambiental enorme que no estamos abordando con suficiente urgencia”, señala Mercè Botella, fundadora de Somos Conexión.
Uno de los aspectos más críticos es la generación de residuos electrónicos. Según datos del informe Global E-waste Monitor 2024 de Naciones Unidas, el mundo generó más de 62 millones de toneladas de basura electrónica en 2022, de las cuales menos del 25% se recicló adecuadamente. Este tipo de residuos contienen materiales altamente contaminantes como metales pesados. En este contexto, la Agencia Internacional de la Energía advierte que la demanda de minerales críticos necesarios para tecnologías digitales y energéticas puede multiplicarse por seis de aquí a 2040, lo que incrementará la presión sobre los ecosistemas y los recursos naturales.
A este problema se suma el impacto del consumo de datos. El propio diseño de las plataformas digitales, basado en dinámicas como el scroll infinito y en la creciente priorización de contenidos en vídeo, incentiva un uso continuado y cada vez más intensivo de datos, amplificando así la demanda energética del ecosistema digital.
En este contexto, el tráfico global de internet —impulsado en gran parte por el streaming de vídeo— se traduce en una demanda creciente de energía vinculada a infraestructuras como centros de datos, redes de telecomunicaciones y dispositivos de consumo. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), el visionado de vídeo en streaming genera emisiones de CO₂ asociadas al consumo eléctrico de toda la cadena digital —dispositivos, redes y centros de datos—, con una estimación media de alrededor de 36 gramos de CO₂ por hora de reproducción de vídeo a nivel global, pudiendo variar en función del dispositivo, la resolución y la eficiencia de la red. Este impacto, aunque relativamente bajo de forma individual, se vuelve significativo cuando se considera la escala global del consumo de vídeo bajo demanda, que representa una parte mayoritaria del tráfico de internet.
Desde Somos Conexión se insiste en la importancia de fomentar un uso más consciente y responsable de la tecnología. “No se trata de demonizar la innovación, sino de entender que cada giga consumido, cada dispositivo que renovamos y cada servicio digital que utilizamos tiene un coste ambiental. Si queremos una transición digital sostenible, debemos integrar estos impactos en la conversación”, añade Botella.
En este sentido, la entidad subraya que este cambio no puede recaer únicamente en la responsabilidad individual, sino que requiere abordar también los factores estructurales que condicionan el uso de la tecnología. Por ello, reclama políticas públicas que incentiven la reparación, el alargamiento de la vida útil de los dispositivos y la eficiencia energética de las redes, así como una mayor transparencia por parte de las empresas tecnológicas, tanto en su consumo energético y emisiones como en el funcionamiento de sus servicios y algoritmos. Asimismo, defiende la necesidad de regular el diseño de las plataformas digitales —actualmente orientado a maximizar el tiempo de permanencia y el consumo de contenidos— para alinearlo con criterios de bienestar social y sostenibilidad ambiental.
“Es necesario animar a la ciudadanía a adoptar hábitos de consumo digital más sostenibles, como reducir la calidad del streaming cuando no sea necesario o prolongar el uso de sus dispositivos”, concluye Botella.

